miércoles, 6 de septiembre de 2017

PALMA Y LO CRIOLLO por RAÚL PORRAS BARRENECHEA


      En las Tradiciones hay, refugiado y oculto, un estupendo escritor de costumbres, acaso un gran novelista, creador de tipos de la farsa y del ambiente criollos que se asoma por momentos, que se distrae en el juego descriptivo de los usos populares, el contoneo de la danza, el regusto de los guisos y manjares criollos, los dengues de trajes y ceremonias, el disfuerzo de las limeñas, la zambra morena de las jaranas, la cazurrería quechua, el airoso revoloteo del piropo, el zigzagueo chispeante de cohete de la requintada o la gracia cristalizada en el lenguaje de los técnicos en fullerías de naipes, juramentos de taberna, aleluyas de sacristán, o en la ciencia infusa de los doctores en gallística o tauromaquia.

         La obsesión historicista aleja a Palma — criollo, nato, al que le retozaba la sangre y se le quedó coleando la gana del jaleo y bullanga— de la espontánea desenvoltura de los escritores propiamente satíricos o recreadores del ambiente en
la comedia o en la novela. Pero el criollo, ganado por la emoción del pasado y el rancio olor de los manuscritos, se desquita a menudo y en las Tradiciones nos da acaso el más vasto panorama y la versión más cabal de lo criollo peruano. Aunque no se pongan de acuerdo los críticos sobre la extensión o el contenido del término criollo, que es al cabo lo nacido y criado en la tierra y calentado por la emoción popular, ya sea ésta costeña o serrana, pero de todos modos expresión de un alma mestiza, de una casta vieja y nueva a la vez, surgida de la fusión de lo propio y de lo importado y por ello alegre y melancólica a un tiempo, o pesar de los distingos especiosos étnicos, sociales o artísticos, en Palma hallamos inconfundiblemente desparramada en sus tradiciones, en el lenguaje y en el ambiente, la sensación del más auténtico criollismo peruano. Registrado y saboreando morosamente los relatos de Palma, se halla en ellos los más sápidos datos para reconstruir los usos y gustos vernáculos y con sus referencias podría formarse una verdadera Enciclopedia del saber popular criollo. En ellas están los bailes y los ritmos criollos, haciendo vibrar a los personajes y rebullir las  pasiones sensuales, desde "El estornudo", cancionista liviana con la que los limeños se reían de la peste en 1719, entre estornudo y estornudo, hasta la Conga revolucionaria, cantada entre balazos por los montoneros de Balta o en el delirio de las palmadas y de la fuga en las jaranas de Chepén y de Guadalupe, entre libaciones de chicha y de moscorropio legítimo.

Ahora si lo Conga
(ahora)
señora Manonga
(ahora)
y no se componga
que se desmondonga ,
(¡ahora!)

Vibran las tradiciones con el regodeo de las coplas y los jaleos del público criollo, desde el agua de nieve, el garito miz-miz o el minué que se bailaba en los salones de la época de Abascal, el maicillo bailado por las pailas alrededor de los nacimientos, hasta el desenfreno del "bate que bate", el 'don Mateo" o la remensura, prohibidos por edictos parroquiales, hasta el ritmo arrastrador de la zamacueca, "el se vende", que hacía escobillar de entusiasmo hasta los curas en la iglesia, o la sanjuriana o cueca de las jaranas de cascabel gordo; y en los días republicanos, el londú, la cachucha y el umbé. El folklore revienta de risa cuando, en la farándula volteriana de las Tradiciones, los Obispos atraídos por el ruido de la charanga, sorprenden al clérigo mestizo escobillando una cachua, botella en mano y gritando a la pareja: “¡Aro! ¡Arito! Dáme tus brazos mi vida, por la derecha! ¡Aro! ¡Arito! Dame tus brazos, chinita, por la izquierda!”
Y como las danzas los festejos criollos, los toros, los gallos, las co­fradías de negros —congos, bozales, caravelíes, angolas y terranovas—, con sus desfiles coreográficos de gi­gantes, parlampanes y papahuevos, sus reinas de azabache, y cuadrillas de diablos que acompañaban a la Tarasca y demás fandangos que se celebraban con salvas de artillería, pirotecnia nocturna, farolillos y bu­ñoleras. Por Palma sabemos las fies­tas populares da sus abuelos o de su niñez, antes de la entrada de la pa­tria y después de ella, las suntuosas procesiones de Corpus y de Cuasimodo los paseos de Alcaldes, los volatines del Tajamar y las maromas de Matienzo, o el paseo de las tapadas en el Puente o la Alameda. Y nos llega el aroma de los puestos de flores de las mistureras en la plaza, bajo los arcos de los portales y la policromía de las marimoñas, los tulipanes, los arirumbes, los claveles y el olor de los capulíes, los nísperos y las frutillas.

        E inunda el aire el tufo picante de la cocinería de Chimbambolo, con sus fuertes guisos populares, la uña de vaca con salsa de perejil y pimienta, capirotada de ajos con cebolla alborrana y zango de ñajú. Y no es la remilgada versión de los manjares aristocráticos, sino el auténtico olor de la fritanga popular el que circula en las tradiciones republicanas y por la memoria del tradicionista, cuando pasan la sopa teóloga, la carapulcra de conejo, el estofado de carnero, el pepián, el locro de patitas, la carne en adobo San Pedro y San Pablo y el pastel de choclo; y en los días de mantel largo, aparte del chupe y el pavo relleno, el pollo en alioli, las magras, los pastelillos, los chicharroncitos, las aceitunas de camarones, el sevichito de pescado chilcano (Los clásicos peruanos Palma y Arona escriben seviche con s y v semilabial, sin presunciones filológicas). Esto, aparte de las golosinas limeñas de todas horas, inventariadas en la tradición “Con días y ollas venceremos", verdadero tratado de folklore en miniatura, desde el “ante” de frutas y el arroz con leche, le -melcocha, el turrón y el alfajor, tres primores de la gula criolla, hasta el ranfañote, la cocada, la chancaquita de maní, los barquillos, las humitas y los “frejoles colados”. Y, como nota suprema de limeñismo, como la zamacueca en el baile, el supremo manjar de la ma­zamorra y el champús que se tomaban a la hora de dormir. Limeño y mazamorrero fueron sinónimos y Palma lo proclama a boca llena.

En Palma está también los supremos secretos de los toros, de los gallos y de los naipes viejos y castizos. El tradicionalista aprendió algo de su guasonada y su desenfrenado dicharachero en los ruedos de los toros y se estremecía de entusiasmo recordando la suerte de la capa a caballo y los toros de la Rinconada de Mala y las cur-betas del caballo de la toreadora Jua­na la marimacho, cuya figura biza­rra de mulata le arranca un auténti­co requiebro criollo: "Ah china dia­da! ¡Y bien haya la madre que la parió! Esa china merecía estatua en la Plaza de Acho". Y pasan ros Tore­ros zambos y mestizos quitándose la montera para saludar al palco presi­dencial para decir con estilo aparatoso y guaragüero: "por vuesencia, su ascendencia, descendencia y noble concurrencia". Y nos enteramos, al lado de mataperros y generales en el Coliseo de Gallos, de las malas artes de Malatobo o de la pata culebreadora del ají seco, de las características de los caramelos tostados, las le­chuzas, pata amarilla, hijos de chus­co y gallina terranova, y de todos los trances de la lucha, desde el envite y el topo, el ladeo y el aparragado, la prendida de la mecha, hasta el qui­quiriquí de la victoria. Y llueven tér­minos y jactancias surgidos de los lances álgidos de la baraja porque el criollo ha de ser rumboso, botarate y palangana y es de zafios el juego roñoso y de chingana.

Pero en donde el criollismo de Pal­ma se engarza con la literatura y comienza a urdir los personajes repre­sentativos de la farsa criolla, es cuan­do retrata a los tipos populares o re­coge los dichos de la boca del vulgo o de les comadres. A través de las tradiciones desfilan los tipos característicos de la ciudad que Palma al­canzó y en quienes encarnó la viveza o la tontería criolla, desde el intonso Tadeo López, el  cuco de las medallas y de las condecoraciones de la calle Judíos, hasta Basilio Yeguas, Bernardito, Manongo Moñón, Bofetada del Diablo, ño Cerezo, el aceitunero del puente, el suertero Chombo de Dichoso, o ño Bracamonte tocador de arpa y guitarra o el repentista padre Chuecas, animadores de las parrandas de la época de Abascal. Y junto con ellos, trepados ya al tablado popular, los personajes de los titiriteros, ño Silverio, ña Gertrudis González, Chocolatito, Piti Calzón, Perote y Santiago Obrador.

Pero, sobre todo, lo que califica eI criollismo de Palma es la gracia espontánea y desenfadada del len­guaje, la aptitud innata para el re­producir el habla característica del pueblo y de cada una de las castas o tipos sociales que retrata con una fidelísima sorna. Desde el arrabal o el atrio de la iglesia, desde el coso popular o el patio de la escuela, desde la taberna o el corrillo estudiantil, ascienden y toman carta de ciudada­nía en la literatura una serie de vo­cablos zandungueros y mestizos, en­gendrados por la chocarrería o el do­naire callejero. En la prosa de Palma, siguiendo el ejemplo de Pardo, de Segura y principalmente de los más despabilados ingenios de Larriva, de Soffia y de Rojas y Cañas, se incor­poran al habla castiza y arcaica de los clásicos de la picaresca española, todos los términos de la cundería criolla. Después de Palma, sólo José Diez-Cansejo ha hecho una cosecha tan graneada y tan rica de términos ex­propiados al vulgo. Sólo criollos pe­ruanos pueden entender la gracia de términos como el culepe, fumarse una panquita, codear a un amigo, pararse en sus trece, exigir la yapa, beber hasta el conchito, hablar lisuras, golpearse la tutuma, o calar la decepción criolla cristalizada en la frase “me fundieron” o “adiós a mi plata” o corear la gracias castiza de algunos de los denuestos hilarantes de las tradiciones como “Cállese su adefesio de misa de una” o “Aguárdate gallinazo en muladar”. Y el rescoldo de mataperrada escolar que tiene la frase usada por Palma: “Le aplicó una patada en el mapamundi”. Y hasta podía formarse un refranero peruano expresivo de la psicología y de las tradiciones regionales, reuniendo los dichos recogidos o inventados por Palma, como aquellos de: "Soy camanejo y no cejo", "Aquí como en Huacho todo borrico es macho", o "Arequipa ciudad de dones, pendones y muchachos sin calzones", "Más gangas que el testamento del moque-guano", "Que repiquen en Yauli" o a "Robar a Piedras Gordas" o la bur­la retozona sobre los calzones del cura de Puquina que medían tres va­ras de pretina.

Palma dueño de estas extraordi­narias calidades de captación psico­lógica y de donosura de forma, ani­mó con su propio espíritu e imagina­ción a muchos de los personajes his­tóricos que vivían escueta y secamen­te en crónicas y en documentos nota­riales. El les ha prestado vida y ca­rácter a personajes que hoy día en­carnan en la memoria popular, co­mo en las figuras ya divulgadas y carentes de expresión antes de él, co­mo el Demonio de los Andes, la Monja Alférez, el Virrey Poeta, Fray Martín de Porres, Mariquita la Castellanos, Amat y la Perricholi, el Virrey de la adivinanza, la Protectora y la Liber­tadora, Canterac, Valdez, el Menti­roso Lerzundi, La Maríscala, el canó­nigo del Taco, el padre Araujo, el por­tero Halicarnaso, el padre Urías, o el padre Pata. Pero hay en las tradicio­nes de Palma, agazapada trás de la cohorte principal de Virreyes o de pre­sidentes republicanos, de magnates o de obispos, una comparsa menor ale­gre y burlesca que ha pasado desaper­cibida generalmente para los críticos y que son verdaderas creaciones de la imaginación de Palma, frutos inmadu­ros o frustrados del talento novelísti­co de Palma y su vocación costumbris­ta. Algunos de estos tipos reaparecen dos o tres veces, y parecen pedir al autor a la manera de los personajes de Unamuno o de Pirandello, que les admita en la trama, entre histórica y tabulada de su obra y otros, apenas si insinúan su personalidad con un mote gracioso preñado de sugerencias criollas.
Si Palma hubiese accedido al pe­dido suplicante de esos personajes y no los hubiese aplastado en sus apa­riciones momentáneas, cuando apenas asomaban la cabeza, sepultándolos bajo el peso del infolio histórico que consultaba, acaso contaríamos ahora con alguna galería burlesca y castiza de personajes típicos de nuestro medio como los del Ruedo Ibérico o la Cor­te de los Milagros de Valle Inclán. Palma poseía dones innatos para es­ta forja artística: el don descriptivo para el retrato físico y psicológico, admirable facilidad y naturalidad para el diálogo, donosura arcaica y popu­lar en el lenguaje y (f)luidez espontánea y natural de su estilo narrativo. Y es lástima que estas condiciones no se empleasen para encarnar de una vez los personajes de la novela peruana de su tiempo que andaban sueltas por las calles y él conoció y caló como na­die y que hubieran tenido al cabo por obra de la imaginación del artista y no a mérito de andaderas y documen­tales, una realidad más profunda y duradera que la de los personajes his­tóricos.

      De estos personajes propios de Pal­ma, amigos de su ingenio, hubo algu­nos que alcanzaron a ganar el áni­mo del tradicionista y a deslizarse en el desfile atropellando autoridades y cronologías. De ellos es por ejemplo "Don Dimas de la Tijereta", el escri­bano que vende su alma al diablo, en el cerrito de las Ramas; "La tía Catita" contadora de cuentos y espécimen de las viejas limeñas, la San Diego, Ia hechicera cómplice de Patudo, en la tradición de la Misa Negra, herma­na de la Camacha y las Montielas cervantinas y virreinales, animados por el tradicionista. En la ronda des­apercibida están en cambio otros per­sonajes que apenas nos atrevemos a rescatar de su anónimo e incorporar en la fauna palmina. Confidente ima­ginario de Palma para alguna de sus tradiciones, trapisondista histórico por lo tanto y criollo de marca mayor es don Adeodato de Mentirola que Pal­ma menciona en la tradición "Dónde y cómo el diablo perdió el poncho" y reaparece públicamente en la tradi­ción "Franciscanos y Jesuítas" y en otras. Don Adeodato es uno de los ar­quetipos criollos, hermano espiritual del general Lerzundi en el arte de mentir e hidalgo dignísimo que por haber militado en las filas realistas renegaba de todas las repúblicas teó­ricas y prácticas habidas y por haber y se declaraba enfáticemente parti­dario del paternal gobierno de Fernan­do VII. Tradicionista y charlatán que es como decir dos veces criollo, don Adeodato era, según Palma, el hom­bre mejor informado de los trapícheos de Bolívar con las limeñas y nadie conocía como él al dedillo la anti­gua crónica escandalosa de esta ciu­dad de los Reyes. Palma nos ha con­servado por desgracia muy pocas palabras del procer criollo, pero su des­dén por lo nuevo y lo democrático es­tá reflejada en esta frase que alguna vez dijo a Palma refiriéndose a los es­critores de su tiempo: "Así son las re­putaciones literarias desde que entró la patria... Hojarasca y sopimo. Oro­pel, puro oropel". Y tras de don Adeo­dato ingresarían a la escena el mal­diciente don Restituto "vejete con más altos y bajos que la convención del 60 y con unas tijeras que así cortan al hilo como al sesgo", carac­terizado en la tradición Un Maquiavelo ciiollo; el Abate Cucaracha de la Granja, oportunista venal y libertino que alzó con la custodia de su Iglesia y sostenía que de canónigo a obispo no hay más que una pulgada; y en quien Palma retrató a un contrincan­te clerical secularizado; Cuzcurríta, el barbero de los canónigos, "viejo con opalanda y birrete, fértil de orejas, viuda del ojo izquierdo y tartamudo de la pierna derecha, que desde la legua exhalaba olor a vinajera de sa­cristía", y entre los tipos que entran y desaparecen sin dejar más que el tintineo de su nombre, "Cantimplora" el alguacil del Cabildo con su algua­cilesca vara, el teniente Ajiaco, guar­dián del orden público, Sopas en Le­che, el borracho de barrio botella en mano; el compadre Siete Cueros; el General Pata de Gallina, que asciende de traición en traición y dió lugar a un incidente burlesco en la vida de Palma y, por último, las viejecitas li­meñas como las Pantoja, "cotorritas enclenques siempre emperejiladitas, limpias como el agua de Dios y ha­cendosas como las hormigas" o doña Quirina que' tenía un cuartito que por lo limpio parecía una tacita de porce­lana con su cómoda de cedro encha­rolado y su urna de cristal. Y entre los personajes característicos del elen­co palmino el Diablo, su correveidile Lilit y sus múltiples mensajeros los duendes y las ánimas del purgatorio.


La digresión ha sido larga pero ella demuestra cómo en la juventud de Palma, por diversas influencias y cir­cunstancias, por el ambiente románti­co, por el abandono de los estudios históricos y también en parte por cier­ta pereza característica, Palma dejó los caminos que hubieran podido lle­varle a la creación de una gran no­vela de la vida peruana con sus per­sonajes arquetípicos y deshumaniza­dos, nutridos por la savia popular, y prefirió hacer la epopeya histórico-cómica del Perú.

PORRAS BARRENECHEA, RAÚL. "Palma y lo Criollo"
Idea 6 (24): 7, retr. Lima, abr. - jun. 1955



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